Burhan Sönmez
Boratin ha perdido la memoria.
Aunque sus amigos le cuidan, le explican quien es, un músico, un buen amigo, una buena persona, Boratin no sabe que hacer. Su memoria es una página en blanco, sufre el vértigo de la página en blanco. Puede escoger cualquier camino, pero todos los caminos parecen iguales. Cuando hayamos escrito dos frases, ya no todo será posible. Algunas palabras no estarán cómodas con sus vecinas y querrán cambiar de párrafo, o de relato, pero ya no hay marcha atrás, se ha iniciado una senda.
Boratin necesita su memoria para ponerse a andar. Sin memoria, el coronel Aureliano Buendía no podría recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Luis Eduardo Aute no podría cantar: no eras tú aquella insolencia de latidos?…
Boratin vive en Estambul.
Estambul es un laberinto de memoria sedimentada, una ciudad sobre otra ciudad, sobre otra ciudad y así hasta veintisiete siglos. La fuerza gravitatoria de toda esa memoria es enorme. Recuerdo un proyecto de arquitectura utópica: un plano pavimentado infinito con el eslogan «un trayecto de A a B, ya no habrá lugar para avenidas o plazas», otra vez el horror de la página en blanco. Decididamente, Boratin se ha de reencontrar en Estambul.

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